viernes, 17 de octubre de 2008

la humildad: una guia segura

Antes del Séptimo Paso tengamos en cuenta que:
"En el Séptimo Paso efectuamos el cambio de actitud que nos permite, guiados por la humildad, salir de nosotros mismos hacia los demás y hacia Dios. El Séptimo Paso pone todo su énfasis en la humildad. En realidad, nos dice que ahora debemos estar dispuestos a intentar conseguir, por medio de la humildad, la eliminación de nuestros defectos, al igual que hicimos cuando admitimos que éramos impotentes ante el alcohol y llegamos a creer que un Poder superior a nosotros mismos podría devolvernos el sano juicio. Si ese grado de humildad podía hacernos posible encontrar la gracia suficiente para desterrar tan mortal obsesión, entonces cabe esperar los mismos resultados respecto a cualquier problema que podamos tener". (Del libro 12 Pasos 12 Tradiciones; páginas 73-74; Séptimo Paso)

Lo anterior refleja la esencia del Séptimo Paso: liberarnos de nuestros defectos de carácter con el mismo "método" que utilizamos para librarnos de nuestra obsesión por el alcohol, y "recuperar el sano juicio". La humildad es una guía segura para este objetivo. Humildad para reconocer y aceptar nuestras debilidades y para mantenernos a distancia del orgullo espiritual y de la perfección imaginaria. El inventario continuo parece ser la herramienta más eficaz para detectar la rebeldía, la culpa y la soberbia que son las contracara de la humildad. Sobre el inventario y la humildad Bill W. escribió lo siguiente en el librito "Lo mejor de Bill, Humildad: La humildad para hoy":

"Naturalmente, es muy probable que nuestros primeros intentos de hacer un inventario de este tipo resulten poco realistas. Yo era el campeón del autoanálisis poco realista. Sólo quería considerar esos aspectos de mi vida que me parecían buenos, y luego exageraba las virtudes que creía haber logrado y me felicitaba por el magnífico trabajo que estaba haciendo. De este modo, este autoengaño inconsciente siempre servía para convertir mis pocos logros en graves impedimentos. Este fascinante proceso siempre era muy agradable, y generaba en mí una tremenda avidez de mayores "logros" y más aplausos. Estaba recayendo en las viejas costumbres de mis días de bebedor. Tenía las mismas metas de antaño: el poder, la fama y los aplausos. Además, podía valerme de la mejor excusa que se conoce: la excusa espiritual. Ya que tenía un verdadero objetivo espiritual, estas sandeces siempre me parecían apropiadas".

Un poco más adelante, Bill nos dice lo siguiente: "En aquel entonces, no me preocupaba mucho por esos aspectos de mi vida en los que me encontraba estancado. Siempre tenía la excusa: "Tengo otras cosas mucho más importantes a las que dedicarme". Con eso tenía la receta casi ideal para la comodidad y la autosatisfacción.

Pero en ocasiones, me veía simplemente obligado a considerar ciertas situaciones en las que, a primera vista, me estaba yendo muy mal. Enseguida surgía en mí una vehemente rebeldía y me lanzaba una frenética búsqueda de excusas. "Estos", me decía, "son los pecadillos de un hombre recto". Cuando este artilugio predilecto ya no me sirvió más, me decía: "Si esa gente me tratase bien, no tendría que comportarme así".

Más adelante, en el mismo texto, Bill continúa diciendo: "Cuando estas dificultades finalmente me dejaban agotado, todavía me quedaba otra escapatoria. Me sumía en la ciénaga de la culpabilidad. Allí la soberbia y la rebeldía cedían paso a la depresión. Aunque había numerosas variaciones, mi tema principal era, "¡Que mala persona soy!". Así como la soberbia me había hecho magnificar mis humildes logros, la culpabilidad me hacía exagerar mis defectos. Iba corriendo de un lado a otro, confesándolo todo (y mucho más) a quien me escuchara. Por extraño que parezca, creía que, al actuar así, estaba manifestando una gran humildad, que consideraba como mi única y última virtud y consolación".

"Al pasar por estos arranques de culpabilidad, nunca sentía la menor lástima por los daños que había causado, ni tenía ninguna intención auténtica de hacer las enmiendas que pudiera. Nunca se me ocurrió la idea de pedirle a Dios que me perdonara, y aún menos, de perdonarme a mí mismo. Huelga decir que mi principal defecto, la soberbia y la arrogancia espirituales, no era sometido a ningún análisis. Yo había tapado la luz que me hubiera permitido verlo".

Hasta aquí el co-fundador de A.A. nos alerta con detalle sobre la rebeldía, la culpa y la soberbia, y los describe como obstáculos (muchas veces inconscientes) que confundirán y anularan nuestra intención de liberarnos de nuestros defectos.

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